26.12.06

Enrique Hernández D`Jesús

Enrique Hernández con el poeta libanés Adonis

La summa del rostro
Por Amparo osorio

Con generosa y paciente sabiduría y una voluntad indoblegable por establecer vínculos entre el arte y la vida que nos permitan develar secretas realidades en los mundos insólitos de grandes creadores planetarios, Enrique Hernández D´Jesús, fotógrafo, editor y poeta venezolano (Mérida, 1947), se ha convertido en el artífice de una de las más grandes colecciones fotográficas de América Latina, que ya supera los 3.000 rostros.
Conjuntando, en su serie más emblemática, el retrato, la caligrafía y el poema de su personaje elegido, a fin de que desde el vaivén de estos barcos imaginarios hagamos el viaje, el fotógrafo impugna una realidad perturbadora, la de la luz fundida con un grafismo que como en el Génesis bíblico, podría emularla. Un viaje entre lo uno y lo otro, por entre materia y espíritu, en una fecunda travesía lúdica.
Estas imágenes emiten remolinos de sentimientos. La figura de un rostro junto a una caligrafía nerviosa de un poema que gira en torno funda un oleaje rítmico, un verso a la deriva.
Estos retratos intervenidos poéticamente por sus propios modelos imponen una fuerza singular. Los contemplamos y los leemos con los ojos de la mente. Los escuchamos desde el tiempo de todos los tiempos, porque quizá –y allí radica el arte de Hernández D’Jesús–, su secreta pasión es derrumbar los tiempos lineales de la historia, para legarnos los tiempos de la poesía. Es decir, la poesía como historia misma con su transcurrir atemporal y metafísico. No nos muestra este trabajo a una generación literaria o artística; el suyo es un profundo recorrido por vertientes extrañas, esas que emanan de las singulares líneas de los rostros y de las palabras poéticas del hombre.
Instantáneas de Adonis, Allen Ginsberg, William Burroughs, Yevgueni Yevtushenko, Enrique Molina, Octavio Paz, Lawrence Ferlinghetti, José Saramago, Anne Waldmann, Emilio Westphalen, Gregory Corso, Issa Makhlouf, José Watanabe, Juan Gelman, Ledo Ivo, Rafael Alberti, Roberto Juarroz, Salah Stétié... lecturas misteriosas que otorgan a veces una nueva imagen y que trascienden a la expresión fotográfica misma: a través del rictus, ese sello personal y único que nos conduce a otras realidades interiores.
El destello final surge de la percepción del poema en sus lenguas originarias. Al hacerlo, pareciera que entramos a una ventana mágica que nos transporta por arquitecturas góticas, por cielos impensados, por insospechadas geografías que pueden remitirnos incluso a las iniciales noches de Sherezada o a las señales de Odín, porque también esta incomparable colección de caligrafías posee una extraña individualidad que la aleja del contenido del poema, otorgándole un corpus propio que encierra el enigma de un lenguaje primero y universal.
Un poema en Náhuatl, hopy o maya por ejemplo, puede remitirnos a través de sus jeroglíficos a la historia de la Conquista de México. Recorremos las complejas simetrías de otros idiomas, entramos a la dulce y exótica Beirut escalando la arquitectura de un poema de Joumanna Hadad o nos adentramos a la mítica cultura japonesa como en el retrato de Tendo Taijin, aquí publicados. Fusión de rostro y palabra esencial de lo poético, quintaesencia de la existencia, vestigio incorruptible del hombre en su sobresaltado paso por la Tierra. Estos signos, símbolos, ideogramas, silabarios y letras que fijan la morfología de las palabras, nos guían a la emoción de sus metáforas poéticas. Contemplar es otra forma de leer. Sí, caligrafías que contienen el alma de una lengua, palabras que suben en espiral por los hilos invisibles que van tejiendo los diversos idiomas del mundo.
Asomándonos a otra parte de sus diversas colecciones fotográficas, realizadas siempre bajo el dominio de un alto contraste, encontramos los puertos de la infancia, la onírica melancolía de unas múltimuñecas que abren el ayer que nunca ha huido o lo dictan una vez más en los ojos estáticos de esos cristales envejecidos. Rememoramos como si fuera nuestro, ese tiempo insepulto lleno de objetos, que se va constituyendo en sumas y restas de un enigmático devenir. Contemplamos manos crispadas que se abren para asir un rostro, caballitos donde todavía cabalgan los sueños, dorsos perdidos en la bruma de las olas, objetos que se enlazan como una constante metafísica que pretende llevarnos a los puertos del origen.
El periplo de su ojo errante ha sido muy extenso, del retrato clásico podemos ir al los cuerpos enardecidos, de objetos desechados en las calles a las figuras de las letras más representativas de Venezuela, Colombia, México y Argentina, que tienen su fundamental espacio en estas memorias claroscuras. Así como un día oprimió 86 veces el obturador frente a Jorge Luis Borges para celebrar en luz detenida su tiempo cada vez más fugitivo, también emprendió hace una década su famosa serie de “Escritores Embotellados”, expuesta en varios países de América Latina, en la cual el espectador encuentra la ironía de la búsqueda estética propuesta por su hacedor y donde el rostro del personaje ovalado por la forma del cristal que contuviera en su pasado la bebida embriagante, nos ofrece un signo dionisiaco del universo poético.
El suyo en síntesis, es arte sobre arte. Un arte independiente que se suma a la abstracción de los sueños y a la supremacía lúdica de sus obsesiones permanentes. Queda apenas preguntarnos: ¿Nos lee Hernández de Jesús en sus noches de generosas utopías? ¿Al leernos estamos leyéndolo a él y asistiendo a sus amorosas conquistas o a sus largas disquisiciones poéticas? Esto no lo sabremos nunca, pero sus privilegiados vasos comunicantes con el arte, parecieran decirnos que hacemos parte del delirio de este hermano venezolano que ha creado con estos mundos paralelos uno de los más reales y conjurados caminos de la fraternidad.

Brevedades Mexicanas

Marco Antonio Campos

Hacia 1962, en una pregunta a Juan José Arreola, que es un comentario, Emmanuel Carballo (Protagonistas de la literatura mexicana), apunta: «Creo que tú eres una consecuencia lógica de la tradición imaginativa de nuestra prosa y no una flor de invernadero; creo, asimismo, que procedes de una línea que en el siglo XX inauguran Torri, Reyes, Silva y Aceves y Díaz Dufoo hijo». En diversos ensayos, artículos o prólogos, desde hace 25 años, hemos insistido en una admirable tradición paralela de la narrativa mexicana: la literatura imaginativa de brevedades. Es decir, esa suerte de textos, que viven unos instantes como un relámpago o un torbellino súbito, y que pueden tener una vida aislada como género o donde se emparientan en variadas combinaciones entre sí, en unas cuantas líneas, el cuento, el poema en prosa, el ensayo, la fábula, la estampa...

En general son rasgos característicos de la brevedad imaginativa inolvidable, la frase pulida y brillante, o al menos eficaz; que, de la primera a la última línea, hacen que palabras sean como una cuerda de fuego; que debajo de la historia corra otra historia y asimismo que en los textos exista al menos un mínimo sistema de referencias culturales. Nadie entre nosotros, en esta suerte de joyas envenenadas, ha superado a Julio Torri y a Juan José Arreola.

Rafael Barrett

Dueño de una biografía casi tan neblinosa e inasible como la de Lautréamont, Rafael Barret fue un ensayista, narrador y periodista español que terminó inscrito en la literatura paraguaya, país que, faltando tan solo un año para el centenario de su muerte, le considera uno de sus principales revolucionarios y vanguardistas, como lo ha escrito bellamente Augusto Roa Bastos.
Nacido en 1876 y muerto en 1910, su corta vida estuvo marcada por incontables destierros y un ánimo pugnaz contra todas las formas de vileza, enmascaramiento, idolatrías o farsa. Tal vez por eso, Barrett, a tiempo de empuñar la pluma, no perdió ocasión de retar a duelo a todos sus adversarios ideológicos. Residió en Argentina, Brasil, Inglaterra, España, Francia, Uruguay y Paraguay, siempre trabajando como periodista en los principales diarios. Escribió varios libros –Moralidades actuales, El dolor paraguayo, Mirando vivir, Páginas dispersas, Al margen– pero en vida no tuvo mucho reconocimiento literario.
Para probar su grandeza basta con recurrir a Jorge Luis Borges, quién en una carta de 1.917 a su amigo Roberto Godel escribe: “Te pregunto si no conoces a Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de rodillas te ruego que compres Mirando la vida de este autor. Es un libro genial…”
Rafael Barret es considerado un precursor de la insurrección existencialista y, por su manera de percibir sacrosantas instituciones como la iglesia, el matrimonio, la revolución y el estado, como un anarquista en la más precisa acepción de esa maravillosa palabra.



GALLINAS

ientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso acep­tar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presu­puesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfian­za y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Hernán Díaz: El ladrón de instantes...

Por Iván Beltrán Castillo

Es el gran icono de la fotografía colombiana del Siglo Veinte (si se considera la hermosa e incurable mexicanidad de Leo Matiz), el retratista memorable, el gran demiurgo de una estética visual que, más tarde, sería adoptada, con o sin conciencia, por una horda enardecida; pero se ha negado a gozar de una manera obscena de las mieles del triunfo, despilfarrando una discreción y un extrañamiento que a veces parecen adoptar la forma del desdén, de la crítica lúcida, el venenoso sarcasmo y el arrobamiento interior.

Sabe que retratar es embalsamar prematuramente, detener para siempre un atroz o hermoso parpadeo, celebrar el abismo, aislar un objeto de su contexto mortífero. Afirma que quienes ejercen este oficio, peligroso y abisal, tienen el ojo hambriento y el oído aguzado, para escuchar cómo se desliza, en puntillas, el señor del tiempo.

Hernán Díaz lleva cincuenta años inmerso en su maravilloso ritual -–temeraria escaramuza con Cronos– y ha obtenido, como contraprestación, el esplendor y la amargura, el edén y el averno, la comunión y el desamparo, el hallazgo deslumbrante y el paso perdido, sabedor de que, contrario a lo que podría imaginarse, el fotógrafo es un ser solitario al que asilan y encarcelan sus propias imágenes, y alguien a quién el mundo solamente se rinde cuando ejerce su profesión insensata.

Su obra está habitada de imágenes táctiles, tan próximas y cálidas como un abrazo evasivo, y las creaturas que la pueblan, las víctimas de sus disparos, fueron atrapadas en los grandes salones palaciegos, en los círculos donde gozan y se incineran los «preciosos» burgueses, en los apartamentos lóbregos de los exiliados voluntarios, en las densas buhardillas que atestiguaron la hambruna inaugural de los grandes pintores y el discurso obseso de los novelistas en ciernes; en las habitaciones de unas mujeres tan deseables y espléndidas que habrían merecido ser eternas, y la mayor parte de sus «capturados» encontró, de una u otra forma, las puertas de acceso a la fama, a la popularidad y al poder, lo que lo convierte en el dueño de un magnífico friso social, especie de «Comedia Humana» balzaciana escrita con los verbos y los adjetivos de la luz...

Él recuerda: cuando era un niño, descubrió en El Tesoro de la Juventud –clásico infantil de los años treinta y hoy por hoy reliquia de coleccionistas– lo que por entonces se llamaba, de manera surrealista, la Máquina de Retratar, pero a cambio del asombro y la sensación de fantasía alquímica que ganaba a los otros intuyó que, con uno de esos engendros inventados por la modernidad, se podían capturar los rostros, los paisajes, los minutos y, lo más importante, se lograba acechar a la belleza, la furtiva esencial. Por eso se dio a la fabricación manual de la máquina que detiene el río, con una entrega y una disciplina que contradecían la abulia y el hartazgo de sus horas escolares. Fue la iniciación de una esplendorosa e incesante condena, la misma que lo hace proclamar ahora, con gesto peripatético: «solamente una vez accedí a la tentación de abandonar el trabajo, alejarme de la fotografía: fue en 1982 y como resultado caí enfermo y estuve a un paso de morir... Solamente el arte me mantiene con vida: es el encargado de que siga fluyendo, alegre y libertaria, la respiración...»

Descubrió pronto que un cazador de imágenes es un viajero perpetuo, y que en el nomadismo encuentra su destino y pule con paciencia sus armas de batalla. Estuvo en Nueva York y en París, en Roma y Berlín, en Ciudad de México y Ámsterdam, siempre con la cámara presta para profanar el secreto de la piedra, o la voz antigua de los antepasados que –como lo descubrió Lawrence Durrell-–, en todas partes del mundo buscan los suspiros de los vivos, para que los reintegren, aunque sea durante una simple fracción de segundo, a la miseria y grandeza de la vida terrena.

Desde las entrañas rebeldes y convulsas de los años sesenta, sus fotografías empezaron a circular de manera constante en libros y revistas y un grupo de fervorosos lo transformó en el gran elegido, la lente privilegiada, casi un objeto de culto, especialmente desde que hizo los primeros desnudos fotográficos, abriéndole una herida mortal a nuestro sofocante y abstruso catálogo de escrúpulos. Es en ese sentido el padre terrible del escándalo, el colonizador de la nación del deseo, siempre vigilada y reprimida.

Desde temprano se decretó alumno de Richard Avedon, el fotógrafo norteamericano cuyos modelos, tiznados por el cieno de la escaramuza cotidiana, describen morosamente las fatales olimpiadas del tiempo.

En este artista se descubre, postula Hernán, toda la grandeza posible de los obreros de la luz, que es, según él, la definición más certera para esta prestidigitación, donde se combinan y entrelazan, milagrosamente, la mayor zona posible de realidad –el objeto capturado– con el territorio extremo de la ilusión –la celda que lo captura.

Su primera carnada erótica fue la modelo Dora Franco. Eran los años sesenta y ella electrizaba a los hombres, desde los millonarios, los herederos y los afortunados, hasta los que nunca serían capaces de lanzarle un elogio porque la consideraban un exceso de la voluptuosidad.

El pacto se dio sin demasiados comentarios, sin dubitaciones, con la convicción de un maravilloso complot, y en medio de la sesión fotográfica ambos supieron que John F. Kennedy había sido asesinado en el sur de los Estados Unidos. Sin embargo, no interrumpieron la marcha de su insurrección sensual, eclipsados ante el esplendor atemporal del cuerpo, y desdeñaron como prófugos felices, los pormenores catastróficos de la aborrecible historia.

No es una hipérbole decir que Hernán Díaz ha escudriñado, con igual proporción de incredulidad y de asombro, el cuerpo erótico y el cuerpo social, pero solamente del primero obtuvo una contraprestación decente. El otro únicamente le legó cierto sabor salobre que a veces envenena sus atardeceres.

Así, desde la desnudez del cuerpo, o la cárcel de la gestualidad, desde el restallante histrionismo de la gran farsa social, los rictus enardecidos del poder y su fatal torrente, el fotógrafo se erigió en ladrón de los instantes, del minuto tembloroso, y demostró, para el asombro de sus espectadores, que lo mediocre y lo banal son tan perecederos como lo sublime.

Arrancados de su periplo desesperado y finito, los hombres y mujeres que conforman esta galería esfumada arrojan un extraño fulgor, se desprenden de la cautela y el presidio que se construyeron a sí mismos y se funden en una sola, bella, apocalíptica e inolvidable hermosura. Tal vez por eso, Hernán siente ahora que ha tentado al porvenir y sus espectros a la manera de los héroes trágicos, y, sin embargo, continúa su tarea: robar el fuego del instante antes de que se transmute en hielo

Señales en el camino

Por Marco Antonio Campos

Días de larga lluvia o niebla espesa en el otoño frío de Bogotá. Casas e iglesias con dos o cuatro techos donde la arcilla roja da color a la mirada que se perdió en el gris. Campanarios de donde vuelan cada hora campanadas para que se oigan en toda Cundinamarca. Balconerías verdes y azules con el material de hace mucho tiempo.

En la plaza de Bolívar, pletórica de palomas grises, bebo un vaso de sangre en honor de los cainitas, mientras se agita triste la bandera de Colombia en el Palacio de Justicia. Por el número de palomas no se puede ver en la plaza otro color que el gris y por las nubes no se puede ver en el cielo otro color que el gris. Sigo por la Calle Real. Por su larga herida a lo largo de su verde geografía, a veces amo en el dolor tanto a Colombia como amo a México. Me detengo. Hay algo en el aire como una música: la voz de hoja temblorosa de las bogotanas, que codiciarían en el alba las alondras, me hace difícil la respiración. Cada quien quiere a su manera, es bueno o malo a su manera, y se reconcilia así, pero ni mis padres ni yo nos entendimos nunca. Los malos hijos seremos siempre los malos hijos pero no hay nada de qué arrepentirse.

Llego a la Avenida Jiménez. De las iglesias lindantes de San Francisco, la Veracruz y los Estigmas, estalla en luz el oro que se extrajo del fondo de los socavones para entregárselo en las manos a Dios. Aquí enfrente, desde la acera oriental del parque Santander, sale a diario a caminar de noche José Asunción Silva para oír los murmullos de hombres y mujeres que se quedan en los follajes de los árboles, reconocer las sombras de la Bogotá de 1890 y para buscar los pedazos del corazón que perdió y los despojos del Cristo caído.

Bajo una lluvia pertinaz, frente a la tumba compartida de Silva y de su hermana, he llorado al pensar en aquello que no pudo ser ni podía serlo.

Derechos reservados
© Marco Antonio Campos

Ventana a Colombia

Por Margarito Cuéllar

Una de las ventanas de mi casa, por lo regular abierta, da a Colombia. Me gustaría ver el país completo, pero no me es posible. Sólo alcanzo a ver Bogotá, Medellín, Villa de Leyva, Tunja y Villavicencio. El resto se ve a través de otras ventanas: la de los diarios, los noticieros de televisión, la Internet, los amigos que aún siguen en Colombia y los que se han ido.

Ver un país a través de una ventana es limitado y peligroso. De Villa de Leyva veo un pueblo lleno de turistas y un cielo transparente. En una de las lomas se alza la maloca de Beatriz Camargo, plena de magia teatral, austeridad y energía. Algunas vacas pastan en el campo y los extranjeros buscan hongos.

De Tunja, la ciudad de los poetas, recuerdo una gran plaza central rodeada de edificios históricos y a Guillermo Velásquez Forero –autor de prosas breves que son una radiografía precisa del humor, el sarcasmo y la reflexión crítica– renegar de Carlos Vives en plena rumba, pero sin dejar de bailar La gota fría. De Villavicencio evoco un par de días con un derrumbe en la carretera que impidió el regreso por tierra de un poeta ecuatoriano (Iván Oñate), un colombiano (Juan Pablo Roa), un dominicano (Alexis Gómez Rosa) y un mexicano (yo). Retraso que impidió a algunos de nosotros estar presentes en Bogotá durante la clausura del VIII Festival Internacional de Poesía, organizado por la revista Ulrika y la Casa de Poesía Silva. Recuerdo una lluvia interminable en el pequeño aeropuerto de Villavicencio, una revisión minuciosa por ser zona con presencia de la guerrilla, un avión para doce pasajeros que me daba la impresión de que era manipulado al antojo del viento; parecía que nunca dejaría de llover, aún dentro del aparato, y que no aterrizaríamos nunca en Bogotá, ya que un vuelo de 45 minutos se prolongó horas.

De Medellín retengo la idea de una ciudad moderna. En 1999 era peligroso transitar por sus calles, pero no tanto como en años anteriores. Desde el Cerro de Nutibara, al que subí aterrorizado en la motocicleta de un alumno de ese poeta mayor, en toda la extensión de la palabra, que es X504, vi elevarse los cometas de variados colores y formas. En esa ciudad sentí la presencia de Porfirio Barba Jacob, no sólo en la Biblioteca Piloto, donde hay abundantes documentos de este poeta nativo de Santa Rosa de Osos, Departamento de Antioquia, sino en la mística de algunos poetas, dotados de cierto aire maldito.

En Medellín los poetas de Prometeo (Fernando Rendón, Gabriel Jaime Franco y compañía) han hecho un verdadero campo de cultivo de la poesía, a través del cual le dan vida a un festival internacional de poesía que goza de prestigio en todo el mundo, a la revista Prometeo y a la Escuela de Poesía.

A propósito dejo al final la ciudad de Bogotá. Antes del verano del 99, época a la que se remontan estas vivencias, la idea que tenía de Colombia era la que transmitían las novelas de García Márquez y la música vallenata, la cual llegó al norte de México, concretamente a Monterrey, a través de Los Corraleros y de grabaciones de Andrés Landeros y Aniceto Molina.

La carrera Séptima me sorprendió un domingo de julio, cuando desde el noveno piso del Hotel Baviera desperté con vista a la Caracas. Un domingo sin gente, salvo los ciclistas y los que caminaban y corrían por la carrera Séptima, que los domingos dejaba de ser arteria vehicular y se transformaba en paseo.

Había aterrizado en el aeropuerto El Dorado un sábado de altas y blanquísimas nubes en el cielo de Bogotá. Ese cielo casi cristalino contrastaba con la atmósfera de violencia, terror y muerte que se respiraba a través de los noticieros. A México llegaba de Colombia un olor a cadáveres descompuestos y no se veía por ninguna parte ese cielo claro, revisto en otros tiempos por Alfonso Reyes, Carlos Pellicer y Gilberto Owen. Recuerdo un almuerzo con los poetas colombianos convocados por María Mercedes Carranza en la Casa de Poesía Silva. Ahí me acerqué por vez primera al humor inteligente de Darío Jaramillo Agudelo, de quien había leído en el avión una biografía de José Asunción Silva publicada por la UNAM. Con Darío coincidiría al año siguiente en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino de Oaxaca, México. Ahí estaba la elegancia y el sarcasmo en persona en la figura de Jotamario Arbeláez, con quien coincidiría tres años después en la ciudad de Washington D. C. durante un maratón de poesía. Aquel verano Jotamario me pareció una figura emblemática, casi patriarcal, ensimismado en su barba blanca y su traje de funcionario cultural.

Pienso en la mirada desconfiada y un tanto huraña de Rafael del Castillo Matamoros, organizador del Festival de Poesía en Bogotá; hombre de las confianzas de María Mercedes Carranza que me brindó todo tipo de apoyo para moverme a mis anchas por las pasarelas literarias de Bogotá y Tunja.

Jorge Rojas Otálora y Fabio Jurado me invitaron a publicar un pequeño volumen de poesía en la colección Viernes de Poesía, de la Universidad Nacional de Colombia; así que en el 2000 apareció Plegaria de los ciegos caminantes, librito que plasma, entre el vértigo y el deslumbramiento, el amor y la distancia, la atmósfera de dos países: Colombia y México. Con el paso del tiempo la ventana a Colombia siguió abierta. A través de ella conocí la poesía de Henry Luque y la de Juan Felipe Robledo y en México con Juan Manuel Roca redescubrí Xochimilco. La muerte de María Mercedes Carranza sigue siendo una herida profunda para quienes amamos la poesía y la paz. Mi ventana a Colombia tiene un portal al que suele asomarse, entre la bruma y la vigilia, la figura de una mujer que va por las calles de Bogotá con la esperanza y el amor a cuestas, haciendo florecer sueños locos y configurando palabras y tarjetas postales a la manera de los rapsodas y los artesanos de los días.

Y aunque la violencia sigue alcanzando índices de alarma y el bombardeo de notas sobre desplazados, bombazos, enfrentamientos, lágrimas, luto y secuestros siga siendo el pan de cada día de los noticieros, conservo la firme esperanza de que un día –espero ser testigo de ello– la palabra paz ondeará en el cielo de Colombia como una bandera que se vislumbra desde el cielo de Utopía.

Derechos reservados
© Margarito Cuéllar

Un tenue plumaje de llovizna

Por Hugo Gutiérrez Vega

La semana pasada entró un caballo cargado de voluminosas cajas a la plaza de un pueblo colombiano. Se detuvo frente a una farmacia y, a los pocos minutos, estallaron los poderosos explosivos que llevaba en las cajas. Los muertos y los heridos cayeron a su alrededor y empezaron a desplomarse los muros de los edificios que rodeaban la pequeña plaza. De esta manera, las FARC u otros grupos violentos o los horrendos paramilitares (no guerrillas sino bandas terroristas empapadas en odio, crueldad e inmoralidad) vengaban una delación y castigaban a los habitantes del poblado.

Cobro por protección, rescates de los secuestros, tráfico de drogas, asaltos, robos, extorsiones, asesinatos, caballos explosivos, coches con dinamita, crueldades sin nombre, violencias sin el más pequeño límite humano... estas son algunas de las acciones cometidas cotidianamente por las lumpenizadas FARC y por los otros que han establecido en nuestra querida Colombia un poder paralelo que no obedece a los dictados de la moral y que ha enloquecido progresivamente uniendo al ya declamatorio fundamentalismo las pillerías de los narcos y de las bandas de delincuentes. Algo les queda de la retórica del maoísmo catequístico o del marxismo parroquial (véase la doctrina recitada por Doña Martha Haernecker), pero lo que priva es un enloquecimiento que crece día con día, una desconfianza brutal en todo lo humano y la bestialización que caracteriza a las bandas terroristas.

Acabo de pasar cinco días en la entrañable Bogotá. Fui a dar una conferencia en las celebraciones de los 350 años de vida de la Universidad de El Rosario (el antiguo Colegio que dio tantos miembros distinguidos a la judicatura colonial, tanto de la Nueva Granada como de la Nueva España y el Virreinato de Lima) y a participar en un coloquio sobre Literatura y Poder. Di, además, dos charlas en la Universidad Nacional y un recital de mi poesía en La Casa de José Asunción Silva, institución ilustre que mantiene viva la llama de la poesía en todos los territorios de la lengua española. Unas semanas antes de mi llegada, su directora, la poeta María Mercedes Carranza, se había quitado la vida (las FARC tenían secuestrado a su hermano y ella vivía un permanente desasosiego provocado por la violencia civil). Le dediqué el recital y recordé a su padre, el poeta Eduardo Carranza. Cerré mi participación leyendo un poema sobre el 11 de septiembre de 1973 y recordando al Presidente Constitucional de Chile, Salvador Allende, uno de los verdaderos demócratas y de los genuinos socialistas que en este mundo han sido y, sobre todo, un ejemplo de respeto a la ley y de coherencia entre el pensamiento y la acción.

Había más de trescientas personas en el recital y todos se pusieron de pie para recordar al gran demócrata americano y a la poeta acorralada por el terrorismo asesino. De esa manera, los Pinochetes, los Videlas, los terroristas del plan Cóndor y los que asesinan niños con caballos cargados de explosivos, por un momento dejaron de ser tan pavorosamente reales como fueron y son, y una especie de brisa humana se unió a los vientos fríos de la Bogotá que entraba en la noche. Recorriendo la sabana con el Decano de las Facultades de Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales de la Universidad de El Rosario, el filoheleno Eduardo Barajas y con Enrique Serrano, escritor y erudito dedicado al estudio de lo bizantino, recordamos que Don Víctor García de la Concha, el mandamás académico peninsular lamentó hace poco el hecho de que el español del futuro va a ser el que ahora se habla en México, cuando lo mejor sería que fuera el que se habla en Colombia. Tiene razón el académico, pues en el ex reino de Nueva Granada existe una sana vigilancia lingüística que enriquece y corrige al castellano. Se trata de un fenómeno social que tiene amplias repercusiones y, me decían los amigos académicos, se mantiene en constante lucha con los doblajes televisivos mexicanos, las telenovelas y los programas que les llegan de ese pozo sin fondo de vulgaridades y de pobrezas lingüísticas que es la televisión comercial mexicana.

Por otra parte, Don Víctor reconocerá que su península no es una modelo de vigilancia y que en Iberoamérica se habla de la necesidad de que las películas españolas tengan subtítulos, pues resulta difícil entender los farfulleos que obscurecen la vocalización de los actores peninsulares (hay excepciones notables. Pensemos en el excelso Fernando Fernán Gómez), así como la construcción atrabiliaria y los giros de lenguaje locales.

Fabio Jurado, gran rulfiano y Darío Jaramillo, poeta excelente y promotor cultural, me presentaron en la Casa de Poesía. Recorriendo sus patios me puse a repasar las palabras del Nocturno... «Una noche, una noche, una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas»... y a pensar en los espíritus de León de Greiff, Jorge Gaitán Durán, Porfirio Barba Jacob, Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera. Mucho nos ha dado Colombia y mucho nos seguirá dando, pues las nuevas generaciones de escritores están ya ocupando sus lugares. Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Cobo Borda, Darío Jaramillo y otros relativamente «maduritos» son la columna vertebral de una de las literaturas más ricas del continente.

México anda bien representado por esos rumbos, pues el entusiasta embajador Ortiz Monasterio y el emprendedor e inteligente Agregado Cultural, el periodista Eduardo Cruz, realizan una labor notable.

Con algunas revistas de literatura en las manos, llegamos a Usaquén, el hermoso poblado que ya devoró la ciudad tentacular, mi amigo Eduardo Barajas, Luis Tovar y las maestras del Rosario, Luisa, Francesca, María Elena, María Fernanda y su hijo Daniel en pleno sueño. Comimos arepas de huevo (las costeñas), un ajiaco capaz de restaurar las fuerzas de Barba Jacob en una madrugada de domingo y una ilustre sobrebarriga. El jugo de lulo nos acompañó con su gusto agridulce. Vino a la mesa el poema de amor de Gorostiza: Declaración de Bogotá. Lo escribió en los días del «bogotazo», del asesinato de Gaitán en la avenida Jiménez y de la reunión Panamericana. Lo leímos y observamos la figura «que la ventana intenta retener a veces».

Cuando salimos a las calles de Usaquén, Gorostiza nos dijo lo que pasaba: «La entristecida Bogotá se arropa en un tenue plumaje de llovizna». En la calle giraba un vallenato y descendía el aire «de la negra montaña tempestuosa».

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© Hugo Gutiérrez Vega